
Uno de mis juegos favoritos cuando era niña, era el de las “tinieblas de la noche” o el escondite con las luces apagadas. No sé si estábamos jugando a eso cuando intenté buscar a mi hermana con los ojos cerrados e introduje el dedo pulgar de la mano en el cierre de una puerta. Mi hermana se puso nerviosa pensando que la iba a encontrar y decidió cerrar la puerta en ese mismo instante, y así fue como me pillé el dedo y perdí la uña al completo.
Recuerdo que mientras mi madre me curaba, mi padre decía “No mires, hija”. La curiosidad me pudo a los días y en el colegio, donde mis padres no estaban, me quitaba el esparadrapo para enseñarle a mis amigas cómo era un dedo sin uña y para comprobar por donde iba creciendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario